Otro gran artículo del Dr. Eli Lizorkin-Eyzenberg
Esto puede parecer como una pregunta realmente sin sentido (¿existen todavía judíos y griegos en Cristo?) Pero yo no puedo decirlo tal como muchas personas en estos últimos años han citado sobre un texto mío en particular, relacionado con una única carta existente del primer siglo de Pablo el fariseo. Este texto se refiere a los creyentes de Galácia, los cuales pensaban que, puesto que ahora seguían al Cristo judío, era lógico que no debían ser simplemente una parte de la coalición judía (los residentes temporales de Israel), sino que también debían adoptar todas las costumbres ancestrales de los judíos (esto era lo que significaba convertirse al judaísmo en aquel entonces). Es a ellos, en esta carta matizada y comúnmente mal entendida, que el amado Apóstol escribe: “No hay ni judío ni griego… en Jesucristo” (Gal. 3: 28).
Más adelante volveremos a este texto, pero primero vamos a dar un poco de información para sentar las bases de nuestro comentario.
Importante trasfondo de judíos y griegos
Los creyentes gentiles de Galácia (los destinatarios de la carta de Pablo) estaban considerando seriamente su conversión al judaísmo. No vieron nada malo en ello, después de todo, la famosa frase de Ruth la moabita que dice: “tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios” fue ampliamente aceptado.
Las conversiones fueron ampliamente confirmadas en aquellos tiempos. Sin embargo, tal como las entendemos hoy, tienen poca similitud con las conversiones que se practicaban en aquel entonces. Al contrario que en tiempos antiguos, la “religión” en la actualidad se considera como una categoría propia, alguien puede ser irlandés y judío, americano y judío, ruso y judío etc. Sin embargo, la gente de la antigüedad, no hablaba de la conversión en términos de aceptar simplemente otra religión, mientras se conservaba su propia cultura. Para ellos, la conversión al judaísmo significaba unirse al pueblo de Israel (especialmente con su rama meridional “judeos” y por tanto “judaísmo”) y la adopción de un conjunto de costumbres ancestrales que impregnaban todos los ámbitos de la vida. En otras palabras, la conversión al judaísmo era un todo, “un paquete”. Si él o ella se convertía, era de esperar que cortaba los lazos con su cultura anterior en todos los conceptos, no solo aceptaba una nueva divinidad, sino el lote entero (Dios y pueblo).
Sin embargo, esto fue solo un paradigma de la legítima dedicación de los gentiles al Dios de Israel. Hubo otro, a este lo llamo el paradigma de “Naamán” para distinguirlo del paradigma de “Ruth”.
Podemos recordar la historia de la sanación de Naamán (2 de Reyes 5), donde una esclava israelita secuestrada dijo a la mujer de Naamán, que la lepra de su marido podía ser curada por un profeta que vivía en Israel. Con el permiso del rey arameo, Naamán fue a Samaria con la esperanza de recibir la bendita sanación. No tengo espacio aquí para exponer esta increíble historia, basta con decir que cuando Naamán finalmente fue sanado al lavarse siete veces en un río de Israel (en la antigüedad, los ríos eran considerados por la gente como canales de divina bendición), él proclamó que “no hay Dios en toda la tierra, sino el Dios de Israel”.
Notablemente, no dijo ni hizo como Ruth. Volvió a su país, a su propia gente y continuó adorando allí al Dios de Israel. En contraste con Ruth la moabita, el enfoque de Naamán era más en la línea de: “Tu Dios será mi Dios, pero mi gente todavía es mi pueblo”. Curiosamente, al final recibe del profeta de Dios la mayor bendición de todas, la bendición de la Paz (2 de Reyes 5:18-19).
No hay duda en mi mente de que los apóstoles judíos en Hechos 15 (grupo al que se refieren a menudo como el Concilio de Jerusalén) pensaron que los gentiles se acercaban a la fe del Cristo judío, según la trayectoria de Naamán y no la de Ruth.
Se establecieron expresamente cuatro normas de comportamiento, lo que reafirma las mismas prohibiciones que se exigieron a los extranjeros en Israel y que describe Levítico 17. Ser seguidores no-judíos de Cristo en el Imperio Romano era bastante difícil (su nueva vida contrastaba fuertemente con las muchas prácticas religiosas romanas aceptadas como conducta patriótica) por lo que los apóstoles decidieron no poner ninguna carga suplementaria. Según Hechos 15:21 (1), se suponía que los creyentes gentiles estarían presentes en las sinagogas donde vivían, escuchando las lecturas de Moisés, y presumiblemente, escuchando también lo que el judaísmo enseña acerca de vivir una vida justa (santa) en general. En términos prácticos, la observación de estas cuatro normas podía facilitar la comunión entre los creyentes gentiles y los judíos sin ofenderlos ni sentirse excluidos por los mismos.
Hechos 16:4-5 nos dice que el apóstol Saulo Pablo dejó la decisión en manos del “Concilio de Jerusalén” y con gran gozo proclamó el mensaje yendo de congregación en congregación. La observación completa de la Torá (conversión prosélita al judaísmo) era innecesaria para cualquier gentil que se uniese a la coalición judía siguiendo al Cristo judío. Ellos también (como las naciones) ahora eran ciudadanos de primera clase en el Reino de Dios.
¿No hay judío ni griego? No y sí
Ahora volveremos al texto que mencioné anteriormente – Gálatas 3:26-29 (especialmente vs. 28):
26 Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. 27 Para todos los que habéis sido bautizados en Cristo y os habéis revestido de Cristo. 28 no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. 29 Y si sois de Cristo, entonces sois descendientes de Abraham, herederos según la promesa.
El apóstol Saulo Pablo, dirigiéndose a los gentiles, seguidores del Cristo judío, les dice que, por medio de la fe, ahora se cuentan entre los hijos de Dios, a causa de su sumisión a la ceremonia de la purificación judía con agua (bautismo) en el nombre de Cristo Jesús. Su identidad ha sido definida por él mismo (vs. 26-27). En el capítulo anterior, Pablo habla de su propia identidad en términos parecidos: “estoy juntamente crucificado con Cristo, y ya no es que yo vivo en Él, sino que Cristo vive en mí y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal. 2:20).
Cuando se cita Gálatas. 3:28, es habitual que solo se destaque la primera parte. No hay judío (Ἰουδαῖος) ni griego (Ἕλλην), excluyendo del resto del versículo (2). Las conclusión a menudo extraída de esta frase, es que ya no hay ninguna distinción o diferencia entre judío y griego (en este caso, probablemente “gentil” por extensión). Pero esto no tiene sentido, a medida que seguimos leyendo: “no hay hombre ni mujer en Cristo Jesús. Siguiendo esta lógica, si la distinción o diferencia está en la vista, podemos concluir (como de hecho, algunos hacen) que en Cristo, los matrimonios del mismo sexo son aceptables. La lógica falla, sin embargo, cuando las mismas personas que se oponen al matrimonio del mismo sexo en razón de que los hombres siguen siendo hombres y las mujeres siguen siendo mujeres, dejan de ver que no pueden aplicar estándares dobles. En otras palabras, si hombres y mujeres aún mantienen la diferencia de género (como seguramente hacen) entonces también lo hacen los judíos y los griegos que conservan sus diferencias, incluso en Cristo.
No más discriminación entre judíos y griegos
A partir de aquí, llego a la conclusión de que algo más, absolutamente diferente, es lo que Saulo Pablo está intentando decir en este texto. Él sabe muy bien que todavía existen diferencias entre los judíos y las naciones; de hecho, esto es muy importante para él, establece una norma en todas las congregaciones para que esto no cambie (1 Cor.7:17). Él cree que los judíos deben seguir adorando al Dios de Israel por medio de Jesús como judíos, pero también cree que los creyentes gentiles deben permanecer como están. Para Pablo esta es la manifestación exterior última del Shemá Israel/Unidad Divina… (Rom.3:28 y Deut.6:4) (3) algo, como Mark Nanos señaló perspicazmente, es nada menos que el centro de la teología de Pablo. Si los gentiles en Cristo viniesen a ser judíos, el Dios de Israel estaría destinado a seguir siendo tan solo una deidad tribal. Sin embargo, si tanto judíos como las naciones adoran al mismo Dios en el que Pablo el fariseo cree con todo su corazón, entonces sería revelado como quien realmente es, el Dios del mundo entero.
Lo que el apóstol Saulo Pablo quiere decir con la frase “no hay judío ni griego” tiene que ver no con el cese de la diferencia, sino más bien con el cese de la discriminación. No hay discriminación por motivos de raza, cultura, rango, o género, ya que todos son uno en el Cristo judío. Los gentiles ya no serán objeto de discriminación en el Reino del Dios de Israel. Ahora van a tener un papel importante en el plan de la redención de Dios. Solamente su fe en el Cristo judío les cualifica y les justifica (tal como hace con los judíos) en todos los sentidos para ser ciudadanos de primera clase en el Reino de Dios, sin renunciar a su identidad tan importante como “Naciones del mundo”. Esta es exactamente la razón por la que el apóstol Saulo Pablo se regocijó tanto en la decisión del “Concilio de Jerusalén”, al igual que todas las congregaciones establecidas por él (Hechos 15-16). Para Pablo, la justificación por la fe de los gentiles, sin las obras de la Torá, no anuló, sino que confirmó que la Torá es verdadera (Rom.3:31).
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- Porque Moisés desde la antigüedad tiene en cada ciudad quienes le prediquen, pues es leído en las sinagogas cada día de reposo.
- Hay que tener en cuenta que el texto no utiliza la palabra “gentil” (como la VNI y varias otras traducciones) pero en su lugar pone “griego” haciendo un paralelismo con “judeo”.
- Lee un excelente artículo de Mark Nanos haciendo click AQUÍ. Su página web personal se puede encontrar en www.marknanos.com.

