Estamos de vuelta con el tema del Mesías oculto. Hasta ahora hemos tratado con fuentes bíblicas adicionales del Segundo Templo. Hemos visto que para esa era, el patrón ya estaba hecho: un Mesías trascendente iba a estar oculto en el cielo hasta que llegase el tiempo señalado. “Porque el Hijo del Hombre fue preparado desde el principio…; entonces se reveló a Sus santos y a Sus elegidos”. El tiempo es, desde luego, un momento crucial: entonces, en aquellos días –estas palabras se repiten en los textos una y otra vez–. Con este Mesías trascendente, oculto en el cielo, hasta que llegue el tiempo señalado, llegamos a un cambio de época.
Ahora volvemos a la Biblia –y aquí, en las escrituras del Nuevo Testamento podemos ver un reflejo directo y exacto del mismo plan que había sido una copia difuminada en los textos humanos–: el Mesías llegando desde el cielo a la tierra –pero que aún permanece oculto hasta que llegue el momento señalado–. ¿Cuándo era ese tiempo señalado?
Los dos volúmenes de Lucas nos proporcionan una única oportunidad para seguir el desarrollo de este tema “antes” y “después”: El Mesías, oculto en el cielo desde el principio –viene a la tierra– pero permanece oculto hasta el tiempo señalado –y entonces se revela según el tiempo acordado–. El mismo autor, mientras escribía sobre la vida terrenal de Jesús, mantiene enfocada su identidad mesiánica como oculta, mientras que en Los Hechos su mesianismo está siendo proclamado públicamente y en voz alta. En algún lugar, entre tanto, Jesús es revelado como Mesías. Entendido esto, podemos ver en la historia completa del Nuevo Testamento, los esfuerzos conscientes de Jesús para no revelar su mesianismo antes de tiempo y los implacables esfuerzos de sus discípulos, diciéndoles a todos sobre su mesianismo según el tiempo señalado.
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Ya sabemos que la manera de referirse a la venida del Mesías como oculta y revelada puede ser tomada como una representación del Siglo I (D.C) judeo-palestino. Podemos sugerir por lo tanto, que el mesianismo de Jesús fue entendido por aquellos que describían su vida y ministerio en términos de un Mesías oculto y revelado –el Mesías que oculta su mesianismo hasta que llegue el momento, y revelándolo después–. Este es el motivo principal de este artículo, para sus conciudadanos Jesús se mantuvo oculto como Mesías durante su vida terrenal y se reveló después de su resurrección.
Intentemos analizar los principales grupos de textos “ocultos” en los escritos de Lucas. Empezaremos con el primer caso de Lucas, cuando vemos a Jesús prohibiendo decir algo sobre su mesianismo. Sigue inmediatamente después del famoso episodio en la sinagoga de Nazaret, en el capítulo cuatro. Vemos que a diferencia de la gente de Nazaret, estaban aquellos que le habían reconocido como Mesías –eran los demonios–. “Pero es específicamente con respecto a ellos que Él muestra su falta de voluntad para considerarse prematuramente como el Mesías. Él, expresamente les prohíbe que lo proclamen”[1]. Así pues, el endemoniado de Capernaúm ocurre en Lucas 4:33 cuando el Mesías es aclamado y Jesús los reprende: Ahora, en la Sinagoga había un hombre que tenía un espíritu inmundo. Y gritando a gran voz, decía…: Yo sé quién eres –¡el Santo de Dios!–”. Pero Jesús fuertemente le gritó diciendo: “¡Calla, y sal de él!”[2] En Lucas 4:40 esta confesión demoníaca del Mesías es formulada otra vez, y aquí Jesús, prohíbe otra vez a los demonios que le proclamen Mesías: Y Él, reprendiéndoles, no les permitió que hablaran, porque ellos sabían que Él era el Cristo.[3]
De la misma manera, también los enfermos, a menudo son objeto de este veto. Encontramos la prohibición de Jesús en ambas historias, la del leproso y en la resurrección de la hija de Jairo. Después de sanar al leproso, les encarga que no digan nada a nadie[4]; después de devolver la vida a la niña, Él les encargó que no dijesen nada a nadie de lo que había sucedido.[5] Jesús no quiere que sus milagros se esparzan, porque Él sabe que ha de permanecer oculto.
Sin embargo, en la historia del endemoniado Gadareno –el cual por supuesto era gentil– muestra una alteración. En este caso, el mandato de Jesús al hombre que había sanado, es bastante diferente de lo que Él mismo había ordenado a sus conciudadanos judíos en esa misma situación: Regresa a tu hogar, y diles las grandes maravillas que ha hecho Dios contigo.[6] Es importante señalar que este caso provee la única excepción en todo el Evangelio –en todos los otros casos, Jesús evita constantemente el título de Mesías y se resiste firmemente a que comenten sus milagros–. Vemos a Jesús evitando el título de Mesías incluso cuando habla con sus discípulos. Cuando Él les pregunta: ¿Pero ustedes quién dicen que soy? Pedro respondió y dijo: “El Cristo de Dios”. En lugar de confirmar la revelación, tal como sucedió en Mateo, Él estrictamente les advirtió y mandó que no dijesen nada a nadie, diciendo, “el Hijo del Hombre debe padecer muchas cosas…”[7]. Incluso aquí tiene mucho cuidado al decir: El Mesías debe sufrir muchas cosas, tal como esperaríamos que dijese después de la confesión de Pedro.
Por el contrario, cuando abrimos el segundo volumen de este mismo escritor –Los Hechos– el contraste es realmente drástico. No hay palabras para describir mejor este abrupto cambio en el ambiente del Evangelio a Los Hechos, como el mismo versículo de Lucas: Lo que han hablado al oído en secreto, nosotros lo publicamos en las azoteas.[8] Como en contraste de oculto/encubierto/solo revelado al oído sobre la dignidad mesiánica de Jesús en el Evangelio, hay una proclamación abierta de su mesianismo en Los Hechos. En sus tres primeros discursos públicos –en los capítulos 2,3 & 4– Pedro proclama abiertamente (algunas veces literalmente desde las azoteas) que Jesús de Nazaret es el Mesías: Por eso, que toda la casa de Israel sepa y reconozca que Dios ha hecho a Jesús, aquel que ustedes crucificaron, Señor y Cristo.[9] ¡Que toda la casa de Israel lo sepa! El secreto, el conocimiento esotérico del Evangelio, de repente viene a ser el mensaje proclamado en Hechos. En algún lugar entre el Evangelio y Los Hechos, el secreto del mesianismo de Jesús fue revelado.
Y ahora, tal como señalamos en un principio y señalamos al final de esta comparación, podemos empezar a ver el momento crucial. Ahora podemos formular las preguntas: ¿Por qué esta drástica diferencia entre “antes” y “después”? ¿Por qué razón Jesús escondió consecuentemente su mesianismo en el Evangelio, incluso ordenando a sus discípulos mantenerse en silencio? ¿En razón de qué, tan de repente, su mesianismo da paso a una proclamación pública en Los Hechos? Estas son las preguntas para ser respondidas.
[1] William Wrede, The Messianic Secret, p.11
[2] Lucas 4:33-35
[3] Lucas 4:41
[4] Lucas 5:14
[5] Lucas 8:56
[6] Lucas 8:39
[7] Lucas 9:20-21
[8] Lucas 12:3
[9] Hechos 2:36


